Club Atlético Temperley

Con sabor a barrio, tinta de diario, deporte y pasión


Un grupo de chicos entre 10 y 14 años, a fines de la década del 20, en el siglo pasado, erigieron los pilares del predio. Una institución casi centenaria que cuenta con orgullo su historia.

 

por Graciana Petrone

 


 

Corría 1927 y la vieja esquina de Cerrito y Ayacucho era el reducto obligado que convocaba a casi todos los chicos del barrio República de la Sexta a pasar horas interminables. El sol en las primaveras de los años 20 que nunca dejaba de caer, las siestas sin fin, las calles anchas confundiéndose con las veredas, los álamos acampanados que protegían sus juegos  y el único deseo de patear la pelota, impulsaron a un grupo de jovencitos a organizar un club de fútbol. Una pequeña habitación rentada, tal vez en base al dinero que recaudaron como lustrabotas, con sorteos y rifas, fue la primera sede del club. Pero lo que tal vez nunca imaginaron esos muchachitos de pantalones cortos a principios del siglo pasado, era que sus abetunados sueños, utopías y balones de trapo, serían los ejes de la que hoy es una institución casi centenaria, con más de 1300 socios y dedicada con fervor al desarrollo del básquet local.

 

Ernesto, Alfredo y Alberto Morosano, Juan Esteban Milicich, Rafael Burgos, José Castelli, entre otros,  eran un grupo de niños que se reunían en la esquina de Cerrito y Ayacucho a “patear la pelota”, según relatan algunos ex dirigentes del club, quienes también conocieron a muchos de sus fundadores.  “Esos chicos eligieron la calle Cerrito porque por Ayacucho pasaba el tranvía y en consecuencia, tenían más espacio para practicar el deporte que todos los chicos quieren jugar”, cuentan, mientras sus miradas permanecen distantes, como quien pretende rescatar una imagen guardada en algún rincón de la memoria.

 

Un nombre con tinta de diario, fútbol y pasión

Una tarde sentados en la esquina, después de jugar un picadito, los chicos comentaron entre ellos lo bueno que sería participar en una liga de fútbol, con camisetas y todo. Pero esa misma tarde aconteció un hecho fortuito, tal vez una mano divinamente invisible que marcó la emotiva y particular historia del club del barrio República de la Sexta.

Así fue que, de regreso a sus casas, un espeso viento estival le enredó a Alfredo Morosano una vieja hoja de diario en sus tobillos. La tomó entre sus pequeñas manos y al ver los titulares de las noticias leyó que una fuerte tormenta había azotado la localidad bonaerense de “Temperley”. Juan Esteban Milicich, quien acompañaba Alfredo Morosano aquella tarde de verano, expresó   “ese azaroso capricho del destino” quiso que Alfredo tomara la hoja del periódico entre sus manos y, lejos de apartarla para continuar el surcado trayecto desde la ancha calle Cerrito hasta su casa,  “leyera las noticias”. De aquel particular hecho surgió el nombre que actualmente lleva la institución.

 

Poco a poco el sueño del pibe se hacía realidad, aunque según consta en el libro de los 50 años del club “debieron esperar bastantes tiempo par poder comprar una pelota”. Algunas chirolas que guardaban, la ayuda de sus padres y una motivación apasionada e inalienable, permitieron a los chicos comenzar un escalonado camino ascendente que, con el paso de los años, se convertiría en el Club Atlético Temperley. Al poco tiempo, el 21 de septiembre de 1927, alquilaron una pieza en Cerrito 347 que fue la primera sede del Club. Allí pusieron en funcionamiento un buffet, el que se convirtió en la visita impostergada de los parroquianos del lugar. Vermouth, grapas, ginebras, rifas, tute cabrero y mus, colaboraron para que los muchachitos juntaran algo más de dinero.

 

El corralón de Ayacucho 2167 y un rumbo inesperado

De pronto, aquellos pibes abrazaron un día una de sus ilusiones más preciadas. Con el dinero que obtuvieron del funcionamiento del buffet y las rifas, compraron camisetas,  pelotas y participaron de una liga de fútbol amateur. El algodón de piquét a rayas negras y blancas, selló los colores del “Negro” para siempre.

 

Como no tenían cancha para disputar los partidos, utilizaban el predio de la Canchita de la Fe, por aquel entonces situada en Bv. 27 de febrero y Necochea, en sus condiciones de locales. También en la cancha de Pleamar, ubicada en las inmediaciones del predio donde hoy se encuentra el Colegio del Rosario.

 

A medida que el tiempo pasaba, más niños querían participar de la liga y jugar al fútbol. De este modo, fue necesario fijar una cuota societaria para comprar camisetas, costear traslados, meriendas  y organizaron rifas para generar dinero. Una vez reunidos los fondos suficientes, en 1950, alquilaron y posteriormente, compraron el corralón de la calle Aycucho 2167, que es donde actualmente se erige el club.

 

Con un espacio físico mayor,  incorporaron bochas, gimnasia acrobática, hokey sobre patines y patín artístico. Sin embargo, la estructura y las dimensiones del corralón no acompañaron de manera favorable la construcción de un predio de fútbol y fue entonces que la comisión directiva a cargo decidió reemplazarlo por el básquet.

 

Sucesivos cambios y el gimnasio “Alfredo Morosano” 

El 6 de septiembre de 1979  se realizó la recordada “Cena del techo parabólico”, donde el objetivo principal fue reunir los fondos para hacer el cerramiento superior del gimnasio. Algunos dirigentes del club cuentan hoy melancólicos y orgullosos, que se recaudó más dinero del esperado, razón por la cual en 1985, terminaron por completo el gimnasio que lleva por nombre Alfredo Morosano.

 

Obsecuentes, tenaces, abrazados por el negro y blanco de su escudo, la dirigencia inauguró el natatorio  en 1979, pero años más tarde, un cambio de rumbo obligó a retirar la cancha de bochas para agrandar el camping, orgullo del Club en la actualidad. Aunque aquel hecho, incrustado en el tiempo y escrito en la historia, hizo que muchos de los apasionados por las bochas abandonen el club. Una actividad que generó grandes  campeones argentinos bochófilos.

 

“Una verdad sucesiva que se descubre a medida que se avanza, un magnífico dolor”, como escribió Martín Descalzo en su libro “Razones para la alegría”. Como un proyecto exquisito donde la pasión, el deporte, la amistad y la consecuencia se conjugan, los socios fundadores y directivos de Temperley enfrentaron diversos contratiempos que los obligaron a tomar drásticas decisiones. Al igual que un padre proyecta el futuro de sus hijos y la inclemencia del destino coacciona para cambiarlo.

 

De este modo, lo que se pensó en un comienzo como un club de fútbol, es hoy un importante club de básquet de la ciudad y semillero de grandes estrellas nacionales. Santiago Losada, integrante del equipo que disputara la llamada “Epopeya del ascenso”, al que los temperlystas rindieron homenaje con una copa, considerada certámen oficial que lleva su nombre. Mario Bernardini, jugador de selecciones y  su hijo Ariel, quien también integró los grandes planteles y fue campeón con Boca Junior y Peñarol de  Mar del Plata en la Liga Nacional. Hoy se encuentra en la lista de los máximos goleadores de la historia de los torneos más importantes del país. Y aunque una grave lesión lo marginó de las canchas por un tiempo, regresó para quedarse, jugar en la liga local y dirigir las inferiores de Temperley. Un entrenador de lujo que conjuga la pasión, el profesionalismo y la humildad. Ciertamente es un lujo que “el Negro” tiene.

 

El último logro del Temperley fue la colocación del piso de parquet en la cancha “Alfredo Morosano” y cuya remodelación se celebró con multitudinario festejo de los socios, el 23 de agosto de 2009.

 

Con sabor a barrio. El sentimiento sano y profundo de un grupo de chicos en las primeras décadas del siglo pasado, creó un espacio de recreación deportiva y social que hoy, 80 años después, alberga y contiene a numerosos niños y adolescentes.

Sin lugar a dudas, el negro y blanco de aquella hoja de periódico que envolvió los pies de Alfredo Morosano una tarde de 1927, marcaron con fuego y pasión la historia del Club Atlético Temperley.     

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